Del Queulat al Corazón Roto

 



Por Daniel Olivero González

Tenía veinte años y una mochila al hombro. Con un amigo recorríamos la Carretera Austral a pie, creyendo que el mundo se abría a quienes hacían dedo. Desde Chaitén hacia el sur, los autos eran tan escasos como los letreros.

Caminamos días entre bosques milenarios, lluvias interminables y arcoíris múltiples. Un temporal nos mantuvo un día y medio atrapados bajo la carpa. Aproveché ese obligado receso para escribir a Marcela, mi polola. La extrañaba. El domingo, el sol se filtró entre las copas y seguimos la ribera del río Baker, esa serpiente esmeralda que canta. Oímos un rumor a lo lejos. “Otro torrente”, dije. Pero era una camioneta que avanzaba como un rayo. “¡Súbanse rápido!”, gritó el conductor. Saltamos a la parte trasera.

Desde ahí vi cómo el océano entraba en la cordillera. Subimos una cuesta en espiral hasta llegar, tarde, al balseo. El chofer nos ofreció techo, pero preferimos la intemperie. Al amanecer partimos juntos a Coyhaique.

Atravesamos los verdes del Queulat, con sus cascadas suspendidas como hilos de cristal. El aire en el rostro, la libertad, el movimiento: el sueño de mi infancia. "Debería estar Marcela aquí", pensaba. Pero el cuerpo ya acusaba el traqueteo, y cada salto del camino me recordaba que uno no es de fierro. Al salir del parque, el verde se extinguió: el desierto de cenizas del bosque quemado, el coirón agitado por el viento gélido, el frío atravesaba mi ropa.

Llegamos a Coyhaique. Yo, casi empalado, con los dientes castañeando. Llamé a Marcela desde una caseta. No quería preocuparla, así que le hablé entre dientes, disimulando los temblores. Le resumí la aventura como pude.

—Mejor te corto —dijo ella, con voz herida—. Te noto demasiado frío.


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