¡Protesta! (Cuento corto)
PROTESTA
Eugenio se había escondido en el estacionamiento subterráneo de un edificio, tratando de huir de la fuerza pública. En la oscuridad de una bodega que había encontrado abierta, intentaba recuperar el aliento. Su corazón parecía bombear a mil kilómetros por hora. “¿Cómo me metí en esto?”, se preguntaba una y otra vez el joven estudiante, intentando ordenar sus ideas.
***
— Me gusta demasiado Patricia, no sé qué tiene.
— Sí, Eugenio, eso se nota a la legua, pero ella no te pesca.
— Pero, Pablo, tú no entiendes. Es que cuando estamos juntos, somos perfectos. No paramos de conversar y reírnos de cualquier cosa. Es como si adivináramos lo que piensa el otro.
— Yo creo que ella te ve como amigo, y cuando una mina te pone en esa categoría, sonaste, compadre. Pasas a ser arroz graneado.
— ¿Arroz graneado? ¿Qué quieres decir?
— Que eres solo acompañamiento, po’h gil. Nunca te va a dar la pasada.
— Gracias, Pablito, por darme tanto ánimo.
El arroz graneado...
***
Un ruido fuerte lo sacó de sus angustiosos pensamientos. Gritos de dolor, golpes sordos, como si patearan un saco de arena, y groseras imprecaciones rompieron el silencio, que cayó sobre el ánimo de Eugenio como un pesado manto de incertidumbre. La puerta de la bodega se abrió. Una figura se recortaba en el umbral, Eugenio quedó paralizado.
***
— Son bien jugados estos tipos, ¿no crees?
— ¿Quiénes, Patricia?
— Los que participan en las protestas. Los vi en el diario; hay algunos bien buenos, además de ser valientes…
— ¿Y eso te importa? No sabía que te gustara la política —preguntó Eugenio, un tanto molesto.
— Hay muchas cosas que no sabes de mí, Quenito. Esto de salir a gritar por lo que consideras un derecho me parece genial... se me erizan los pelos. Mira cómo se paran.
***
— ¿Estás solo? —la susurrante voz del inesperado recién llegado lo sacó del estupor.
— Sí… ¿con quién más podría estar? ¿Qué onda? ¿Qué pasó allá afuera?
— Los pacos. Agarraron a un tipo con el que me encontré cuando bajé. Me venían persiguiendo, me escondí detrás de un auto y ellos cargaron con él. Le dieron como bombo en fiesta y se lo llevaron, creo que medio aturdido…
— Cierra la puerta y esperemos. Tal vez podamos zafar de los pacos —dijo Eugenio, sin mucha convicción.
***
Esa noche, en su habitación, Eugenio pensaba en lo que le había dicho Patricia. También en lo frustrante que era ser solo el amigo pegajoso, sin ninguna señal clara de que ella pudiera sentir lo mismo por él. Necesitaba hacer algo; estaba enamorado y no podía aguantar ni un día más sin apretarla entre sus brazos y besarla hasta perder el aliento. "Así que te gustan los que se la juegan y, además, no sé nada de ti... Pues bien, mi querida Paty, te voy a demostrar quién es Eugenio Sandoval", pensó.
***
— ¿Cómo te llamas?
— Ramón —mintió Eugenio, recordando que los infiltrados, los "sapos", abundaban en la universidad.
— Manuel. ¿Eres de la UTE?
— Sí, de Geografía.
— ¿Ibas a Beaucheff?
— ¿Adónde?
— A la Chile. Yo iba en la marcha. Se suponía que íbamos a apoyar la toma de la facultad por la FECH.
— En realidad no tenía idea…
—… cállate… escucho algo…
La puerta de la bodega se abrió de golpe. Un haz de luz iluminó la cara de Manuel.
***
La marcha no alcanzó a salir del campus. Los gases lacrimógenos habían hecho su trabajo. A Eugenio le cayó una bomba cerca, el humo denso lo sofocó, haciéndole sentir algo parecido a la muerte (o eso creía él). Humillado por el miedo que había sentido, decidió que su participación en la lucha por la democracia había terminado.
***
— ¡Arriba las manos, extremista! —gritó una voz autoritaria, encañonando a Manuel.
— ¡No soy un delincuente! —respondió desafiante el joven.
— ¡Sal de ahí o disparo! —replicó la vieja, mientras quitaba el seguro de la pistola.
Manuel, resignado, salió de la pequeña bodega, con la mujer aún apuntándole. Un hombre que la acompañaba iluminaba la escena con una linterna potente. Eugenio aceptó que su aventura había terminado. Salió detrás de Manuel, con una resignación filosófica.
— ¡Y había otro extremista escondido! —exclamó sorprendida la vieja al ver salir a Eugenio.
***
Eugenio esperaba la locomoción cuando vio venir la marcha. Una masa de jóvenes, hombres y mujeres, avanzaba por la Alameda. Los veía pasar mientras por su mente cruzaban mil ideas. Escuchó que lo llamaban a unirse y, sin pensarlo más, bajó a la calle y se integró a la marcha.
***
— ¡Caminen, comunistas de mierda! —les gritaba la vieja mientras subían hacia la superficie—. ¡Y levanten las manos!
— ¡No soy un delincuente! —Manuel seguía desafiando.
Eugenio, en cambio, estiró los brazos lo más que pudo. No estaba de ánimo para hacerse el valiente, y menos cuando vio que la mujer los llevaba hacia un grupo de hombres de verde, con escudos y lumas, que llevaban el característico casco de las fuerzas especiales de carabineros.
***
— Mañana hay protesta. ¿Vas a venir a clases?
— Claro que sí, Patricia. Hay que estar presente; son momentos históricos, en la lucha…
¡Ay, está hablando el Che Guevara! — rió Patricia, burlándose de la solemnidad de Eugenio.
***
— ¡Escuchen, compañeros! Iremos a apoyar a los de la FECH que se tomaron Ingeniería —gritó uno de los dirigentes de la marcha.
— ¡Los pacos! —varias voces gritaron al unísono.
En la lejanía se escuchaba el ulular de las sirenas. Eugenio sintió la misma ansiedad de cuando cayó la bomba lacrimógena. La columna se desmoronó hacia un lado, como un rebaño espantado. Los estudiantes empezaron a correr y Eugenio no lo pensó dos veces, corrió siguiendo a la masa.
***
— Hay que ser bien gil para esconderse en un condominio de carabineros —comentó el suboficial a cargo del piquete que arrestó a Manuel y Eugenio.
— Ya, lleven a los genios del escape a la 2da.
— ¡A su orden, mi sargento!
Con dos patadas en el trasero, subieron a los estudiantes al pick-up del furgón policial. Como iban esposados, se tropezaron y cayeron uno sobre el otro.
— ¡Aprovechen de pololear, par de giles!
***
— Ayer no viniste a clases, Patricia.
— No, mis viejos no me dejaron. Pero te estuve llamando toda la tarde.
— Estuve ocupado… tú sabes, aportando con mi grano de arena a la lucha.
—¡Qué lata! Bueno, no te pude contar ayer, pero te lo digo ahora.
— ¡Estoy pololeando con Rodrigo! ¿Rodrigo? ¿El que toca la guitarra como gringo?
— El mismo… Ay, es un amor… me encanta.
— ¡Pero… ese huevón es facho, Patricia!
— ¿Y quién te dijo que me gustan los comunistas?
© [2025] [Daniel Olivero González]. Todos los derechos reservados.




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